Concierto 59

Wiener Kammersymphonie
Anna Morgoulets 
Violín
Muhammedjan Sharipov Violín
Giorgia Veneziano Viola
Sergio Mastro Violonchelo y director artístico
Damián Posse Contrabajo

 

LUIGGI BOCCHERINI (1743-1805)
Quinteto en do mayor opus 30 nº6 G.324,
La música nocturna de las calles de Madrid

  1. La campana del Ave María
  2. El tambor del soldado
  3. Minueto de los ciegos
  4. El Rosario
  5. Pasacalle
  6. El tambor
  7. Ritirata

EMMANUEL CHABRIER (1841-1894)
Suite Pastoral, extractos, versión para quinteto de cuerda

  1. Idylle
  2. Dance Villageoise

JOSEPH HAYDN (1732-1908)
Sinfonía nº 82 en do mayor, vesrión para quinteto de cuerdas, “Sinfonía del oso”

  1. Vivace assai
  2. Allegretto
  3. Menuet
  4. Finale vivace

Notas al programa

Boccherini dedicó su quinteto titulado «La Musica notturna delle strade di Madrid» al paisaje sonoro nocturno de su Madrid de adopción. En él se rindió a su inclinación por la pintura de sonido naturalista hasta tal punto que él mismo creía que nadie que no conociera Madrid podría entender la pieza. Por suerte, a pesar de estos recelos, se dejó convencer para publicar la que es una de sus partituras más imaginativas. Se puede escuchar el rezo nocturno de las parroquias madrileñas, las personas invidentes, el minueto de baile al pizzicato de las cuerdas de la guitarra. Tras el «Rosario», que se demora en el silencio de la oración, el movimiento central es un pasacalle. En él cobra vida, por así decirlo, la etimología de la palabra, que deriva de «pasar por una calle», caminar desfilando por una calle. La secuencia de imágenes se cierra con la famosa «Ritirata», el tatuaje de la guardia nocturna. Este movimiento fue tan popular en su época que Boccherini lo reutilizó dos veces más: para otro quinteto de cuerda y para un quinteto de piano que también ha figurado como quinteto de guitarra. Su descendiente italiano moderno, Luciano Berio, superpuso todas estas versiones en una pieza orquestal, demostrando lo cerca que estaba Boccherini de las técnicas modernas del collage sonoro.

El ciclo de piano «Dix pièces pittoresques» (1880) – descrito de un modo memorable por el biógrafo de Chabrier, Roger Delage, como «la prolongación musical de su Auvernia natal», no es menos significativo por haber desaparecido prácticamente de la plataforma de conciertos actual. Para Francis Poulenc, que publicó un cariñoso recuerdo de Chabrier en 1961, estas piezas marcaron el inicio de la música francesa moderna: «Declaro sin dudarlo que las Dix Pièces pittoresques son tan importantes para la música francesa como los Préludes de Debussy… La música parece hoy en día completamente fresca y libre de derivaciones, aunque es difícil determinar exactamente qué es lo que marca su novedad.

Chabrier optó por orquestar Idylle (nº 6), Danse villageoise (nº 7) y otras. Cada una de ellas resulta destacable por su propia naturaleza: Idylle, por su ritmo palpitante y sus sutiles armonías (Poulenc, recordando su primera audición de esta pieza en 1914, confesó que «mi música nunca ha olvidado ese primer beso»); la Danse villageoise, por su melodía al unísono no tonal y su longitud de frase cómicamente irregular.

Aunque tuvo un gran éxito en su estreno, la Suite pastoral fue eclipsada por algunas de las restantes piezas de Chabrier en el mismo programa (especialmente la exuberante España), y su publicación tuvo que esperar hasta 1897, año en que fue publicada póstumamente por Enoch & Cie. en París. (Fuente: Bradford Robinson, 2007)

A mediados de la década de 1780, Haydn era un héroe musical famoso en toda Europa y, en gran medida, independiente de su empleo fijo en la corte provincial húngara del príncipe Nicolaus. El Conde d’Ogny encargó a Haydn un conjunto de seis sinfonías para los conciertos organizados por la logia «Olympique» de los masones de París.

La Sinfonía nº 82 es la primera de las sinfonías «parisinas» en número, aunque no en orden de composición. En París, Haydn tuvo a su disposición la mayor orquesta que jamás había tenido, y respondió con sus mayores esfuerzos en este medio hasta la fecha. El movimiento de apertura del nº 82 es superficialmente una cuestión de florituras de fantasía, aunque éstas se ven interrumpidas por sorpresas dinámicas y se desinflan con expresivos suspiros que conducen al tema de contraste de la forma personalizada característica de Haydn.

El segundo movimiento es un conjunto de variaciones sobre un tema ambivalente, mitad en modo mayor y mitad en modo menor, que inspira las reinterpretaciones igualmente extravagantes. El tercer movimiento es un Minueto con suficiente gracia para el Antiguo Régimen, aunque con una sección de Trío más explosiva.

El final es el que ha dado el nombre a esta sinfonía. Los bajos resonantes y la atmósfera de carnaval campestre sugerían a los franceses la presencia de osos bailarines. Haydn hace que su obsesivo y recurrente motivo principal despliegue todo tipo de trucos, brincando por una extraordinaria serie de aros armónicos en la sección de desarrollo, y arremetiendo con una vivacidad irreprimible.

(Fuente John Henken /Los Angeles Philharmonic).

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