Natura

Paisaje Sonoro

La Naturaleza, dada la infinita diversidad que origina su magnitud, ha encontrado un sugerente reflejo en los colores de la música. El compositor bilbaino Andrés Isasi defendía con pasión que “la Naturaleza es una fuente abundante de música, incluso cuando duerme.” Y así ha resultado que el lenguaje musical, con sus abundantes recursos instrumentales, con la variedad en densidades y texturas y con la creatividad sin límite de quienes lo manejan, ha recogido en numerosas partituras la evocación del medio ambiente con paisajes espectaculares, fenómenos atmosféricos poderosos o recodos diminutos del espacio natural.

A lo largo del tiempo, el vigor de la diosa Natura ha resonado en un buen puñado de sinfonías, conciertos y oberturas sinfónicas, a través de grandes agrupaciones instrumentales. Pero también los recitales a solo y la música de cámara, favoreciendo la cercanía entre escuchantes e intérpretes, han sido durante siglos una invitación a deleitarse en una sonoridad susurrada, capaz de traducir la intimidad y la poesía que brota de los pequeños rincones.

Este año, la propuesta del Festival Musika-Música supone una inmersión en el regazo de Natura. En sus múltiples manifestaciones y en los ecos musicales que ha provocado en distintas épocas. Y de este modo, a lo largo de tres días, podremos adentrarnos en la riqueza inconmensurable de los entornos naturales y viajar con los oídos y la imaginación por la representación en el pentagrama de parajes variadísimos: la fauna salvaje, la flora aromática, las montañas imperturbables y los valles accesibles, la luz del sol y las estrellas, la sombra de la noche y de los árboles, el crepitar de las hogueras, los ríos y lagos misteriosos, los océanos inabarcables, los cantos de las aves y el rumor del viento o de la fuente que mana… Tantas exhibiciones naturales que ponen una extraordinaria banda sonora a la inmensidad de la Creación. Tantos paisajes que enmarcan nuestras vivencias y de los que formamos parte. Al fin y al cabo, la Música y la Naturaleza constituyen la esencia más hermosa de los sonidos que habitamos.


Naturaleza y música en el transcurrir del tiempo

Desde tiempos remotos la música, al igual que otras manifestaciones artísticas, ha tenido entre sus intenciones la imitación de la Naturaleza. Pero, al contrario de lo que sucede con la poesía, la pintura o la arquitectura, la reproducción que la música puede hacer de los fenómenos naturales es más imperfecta y, tal vez por ello, más abiertamente sugerente. Tanto, que casi siempre ha trascendido lo que pretende representar.

A lo largo de la historia el paisaje sonoro ha ido cambiando. Al igual que los ambientes musicales. Y numerosos creadores de todas las épocas y latitudes se han dejado seducir por el hechizo de Natura, dando origen a innumerables partituras alimentadas por ese encantamiento.

El Renacimiento, con sus modelos nostálgicos inspirados en el esplendor de la antigüedad clásica, lo hizo con elegancia y sensualidad, logrando que la necesaria limitación instrumental se transformara en sublime virtud. Y así preparó al Barroco, que no hizo sino acentuar la expresión, asignando a la diosa Natura una fuerza sobrehumana que pretendió llevar hasta el límite que imponían los aun reducidos medios instrumentales y acústicos. La música buscaba entonces lograr un efecto teatral con que “afectar el alma” de quien escuchaba, provocando su implicación emocional en el acontecimiento sonoro. Así lo comprendieron compositores de toda Europa: desde los prolíficos italianos como Monteverdi, Vivaldi o Scarlatti hasta los deliciosos ingleses como Purcell, Blow o Locke, pasando por alemanes como Telemann o franceses de la talla de Rameau.

La intensidad del expresionismo barroco dejó paso a la equilibrada naturalidad del Clasicismo, que buscaba sobre todo el encanto de los jardines perfumados, el rumor de las fuentes, la gracia y la sutileza de los paisajes que recreaban el contacto con una Naturaleza amable e idealizada. Los gustos artísticos se volvieron hacia lo más sutil, ligero o delicado y la música pretendió agradar, ofreciendo a los oídos el perfil suavizado de la vida en el campo, mediatizado por el requisito del equilibrio y el buen gusto. Mozart, Haydn, Gluck o Boccherini escribieron partituras de homenaje a Natura, para deleite de quienes con placer escucharon -escuchamos- esta música luminosa.

En los albores del XIX, y siguiendo los pasos de la poesía romántica, la música buscó su inspiración en los sentimientos que Natura generaba en el alma del artista. Esta percepción, ya más libre, se alió al desarrollo tecnológico de los instrumentos y a la ampliación de los escenarios donde escuchar, enriqueciendo de forma inapelable el lenguaje de la música. La creciente variedad de recursos de composición logró que los paseos por los bosques de Viena de Beethoven, Schubert y Weber, la mirada poética de Schumann hacia parajes escondidos, el amor de Tchaikovsky por las flores, el gusto por los climas cálidos de Saint-Saëns, Liszt y Berlioz, o los lagos y montañas donde Mahler y Strauss se recuperaban del ajetreo de la vida urbana, colmaran de color, efectos y detalles tantas partituras.

Ya en la plenitud, el Romanticismo buscó su inspiración en territorios cada vez más alejados del epicentro canónico, haciendo de la composición una suerte de estudio etnográfico que trasladó al pentagrama los cielos, las montañas, los valles y los ríos de tantas regiones europeas. A través de estas postales sonoras, los pueblos diversos mostraron al mundo su idiosincrasia cultural y, en muchos casos, sus aspiraciones nacionalistas. Así los auditorios se llenaron de la fragancia de los pinos noruegos que estimulaban la imaginación de Grieg, de la humedad salada de las costas británicas que salpican las partituras de Elgar y de Mendelssohn, del rumor de los bosques y valles de Bohemia que Dvořák nos descubrió o del embrujo de rincones exóticos preñados de misterio y pasión en las obras de Falla, Albéniz, Turina o Rodrigo.

Más tarde, el Impresionismo difuminó los contornos del paisaje para exaltar la fantasía. Y el mar, los bosques y los seres imaginarios que los pueblan, la infinita variedad de pájaros que cantan en cada recoveco, la difusa luz de la luna, las borrosas imágenes que deja la lluvia o las nubes en continua transformación, inundaron el pensamiento musical de Debussy, Ravel, Poulenc o Messiaen. Y los oídos ávidos abrieron las fronteras del canon occidental para ampliar el espacio sonoro, de modo que pudiera albergar la vastedad inmensa y rica de “otras naturalezas”, haciendo que las ilustraciones paisajísticas, junto a nuevas melodías, ritmos y colores armónicos, comenzaran a llegar de lugares aún más lejanos. Entonces la música de la Naturaleza se fue perfilando con los matices aromáticos de Oriente y con la joven vitalidad de América, trayendo hasta nosotros la creatividad de Villa-Lobos, Piazzolla, Barrios o Babajanian.

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