Concierto 25

Anna Lapkovskaja mezzosoprano
Stefan Vinke tenor
Euskadiko Orkestra
Robert Treviño director

 

GUSTAV MAHLER (1897-1907)
La Canción de la Tierra

Das Trinklied von Jammer der Erde
Der Einsame im Herbst
Von der Jugend
Von der Schönheit
Der Trunkene im Frühling
Der Abschied

Notas al programa

LA TIERRA

En los últimos años, Robert Treviño se ha visto asociado a menudo con el nombre de Gustav Mahler. Nuestro director titular está siendo reconocido en todo el mundo como un destacado mahleriano, y para sus debuts al frente de orquestas como la London Symphony, la Tonhalle Orchester de Zúrich o la Filarmónica de Múnich escogió música de Mahler. También lo hizo para su primera gira oficial con nuestra Orquesta por las ciudades austríacas de Linz y Bregenz y la alemana Múnich, y a continuación en el Théâtre des Champs-Élysées de París.

Treviño ha desarrollado una visión global de la producción sinfónica del compositor bohemio. “Se ha dicho que las sinfonías de Mahler (y yo estoy de acuerdo) son una gran larga sinfonía, inquebrantable en sus conexiones entre sí, y que tal vez cada una de ellas es progreso de la anterior y anticipación de la siguiente”, explica. Esta relación es especialmente clara en el caso de sus dos últimas obras completas, La canción de la Tierra y la Sinfonía nº9. Mahler comenzó a escribirlas en un etapa personal muy dura, ya que en 1907 su vida se había visto sacudida hasta los cimientos: en marzo de aquel año renunció a su puesto como director de la Ópera de la Corte de Viena, capitulando ante las intrigas internas y la campaña antisemita que la prensa había desplegado contra él; en julio, mientras disfrutaba de sus tradicionales vacaciones en el idílico emplazamiento de Maiernigg, su hija de cuatro años Maria contrajo la escarlatina y sucumbió rápidamente; y, tan solo unos días más tarde, al propio Mahler le diagnosticaron la enfermedad cardíaca que habría de llevarlo a la tumba cuatro años más tarde.

La canción de la Tierra es, de hecho, la primera música que escribió Mahler tras conocer la noticia de que moriría pronto, y sus peculiaridades son seguramente debidas a ello, particularmente el no haberla catalogado como Novena Sinfonía por superstición (Beethoven, Schubert y Bruckner fallecieron tras sus respectivas Novenas) y que la escribiera casi como un proyecto personal, con aparente renuencia a presentarla al público. Cuando Mahler falleció en 1911, La canción de la Tierra seguía en uno de los cajones de su escritorio, a pesar de que un año antes su Sinfonía nº8 se había estrenado con enorme éxito y las condiciones parecían propicias para presentar también esta nueva creación.

Durante aquel fatídico verano de 1907, Mahler había comenzado a leer Die chineische Flöte (La flauta china), una antología recién publicada de poemas chinos traducidos al alemán. Su esposa Alma aseguraba que antes de que terminara el verano Mahler ya había comenzado a esbozar algunas canciones inspiradas en dichos poemas, pero llegó el otoño y la agenda de Mahler se colmó de compromisos como director, incluido su primera actuación en el Metropolitan de Nueva York dirigiendo Tristán e Isolda de Wagner. Tras su regreso a Europa en la primavera del año siguiente, Mahler retomó la composición de La canción de la Tierra aterrado por su estado de salud: “Teníamos miedo de todo”, rememoraría Alma. “Se detenía constantemente durante los paseos para sentir su pulso y a menudo me pedía que escuchara su corazón y comprobar si el latido era claro, o rápido, o calmado… Sus pasos y sus pulsaciones estaban contados y su vida era un tormento. Cada excursión, cada intento de distracción era un fracaso”.

Parece imposible que el estado de Mahler, cuya música había sido siempre tan biográfica, no dejara huella en su nueva creación, y los poemas chinos fueron la plataforma perfecta para esta expresión, ya que tratan de la vida y de la muerte en el ciclo sin fin de la renovación de la naturaleza. Mahler escogió siete poemas (dos de ellos reunidos en el último movimiento) que tratan la mortalidad desde diversos puntos de vista: el primero es una canción de taberna en la que se afirma que “la vida es oscura, y también lo es la muerte”. Los cuatro movimientos centrales atraviesan las estaciones de la naturaleza y las etapas de la vida, tratando de capturar diversas facetas de la experiencia humana, desde la belleza y la despreocupación a la soledad o la melancolía. Pero la clave de toda la obra es el extenso movimiento final, Der Abschied (El adiós), introducido por un siniestro tamtam cuya aparición Mahler reserva hasta ese momento. Lo sucede una danza alucinada, sin un ritmo claro o asible, intercalada con momentos en los que el tiempo parece detenerse por completo. Todo avanza de una forma extraordinariamente subjetiva y rapsódica, entremezclado con cantos de aves y sonoridades nocturnas, hasta que una marcha fúnebre introduce el último poema de la obra, Die liebe Erde (La querida Tierra), con el que la orquesta parece volverse ingrávida y Mahler tiende un puente hacia la eternidad.

Mikel Chamizo

 

Canto báquico del dolor de la tierra

El vino brilla en las copas de oro,
pero no bebáis todavía,
¡escuchad mi canto!
El canto de la pena sonará
en vuestras almas como una risa.
Cuando llega la pena,
el jardín del alma se torna yermo,
se apagan alegría y cantos.
Sombría es la vida y la muerte.

¡Señor de esta casa!
¡Tu bodega rebosa de vinos dorados!
¡He aquí el laúd, ahora es mío!
Tocar el laúd y vaciar las copas,
¡son cosas que se complementan!
¡Una copa de vino en su momento
es más preciada
que todos los reinos de la tierra!
Sombría es la vida y la muerte.

El firmamento será siempre azul
y la Tierra reverdecerá en primavera.
Pero tú, hombre, ¿cuánto vivirás?
¡No tienes ni un siglo para gozar d
e todas las vanidades putrefactas
de esta Tierra!

¡Mirad allá! En el claro de luna,
sobre las tumbas, una figura
agachada, salvaje y espectral.
¡Es un mono! ¡Oid cómo su gemido
se funde en el dulce aroma de la vida!
¡Ahora el vino! ¡Es el momento amigos!
¡Vaciad las copas áureas hasta el fin!
Sombría es la vida y la muerte.

 

El solitario en otoño

La bruma otoñal azulea en el lago;
la gélida escarcha del amanecer
cubre la hierba;
como si un artista hubiera rociado
con polvo de jade las delicadas flores.
El dulce aroma de las flores se disipa;
y un viento helado vence sus tallos.

Pronto marchitos,
los dorados pétalos del loto
flotarán sobre el agua.

Mi corazón está cansado.
Mi candil que se apagó
en un último suspiro,
me lleva al sueño.
¡Me dirijo hacia ti, amada morada!
¡Sí, dame la paz que tanto necesito!

¡Lloro tanto en mi soledad!
El otoño en mi corazón dura demasiado.
Sol de amor, ¿no brillarás nunca más,
para secar dulcemente mis lágrimas amargas?

 

De la juventud

En medio del pequeño estanque
hay un pabellón
de verde y blanca porcelana.

Como el dorso de un tigre s
e comba el puente de jade
hacia el pabellón.

En la casita unos amigos sentados
bien vestidos, beben y charlan…
algunos escriben versos.

Sus mangas y gorros de seda
se deslizan hacia atrás
cayendo alegremente sobre la nuca.

En la superficie silenciosa
del pequeño estanque todo se refleja
maravillosamente como en un espejo:

Todo está cabeza abajo
en el pabellón
de verde y blanca porcelana.

El puente semeja una media luna,
con su arco invertido. Unos amigos,
bien vestidos, beben y charlan.

 

De la belleza

Unas muchachas recogen flores
de loto en la orilla del río.
Sentadas entre matorrales y follaje,
recogen flores en su seno
e intercambian bromas.

El sol dorado brilla sobre sus cuerpos
y los refleja en el agua clara.
El sol refleja sus delicados miembros,
sus dulces ojos.
Y el céfiro hincha con su caricia
la tela de sus mangas,
llevando la magia
de su perfume por el aire.

¡Oh, mirad! ¿Quiénes son
aquellos bellos muchachos
que allá en la orilla
montan sus corceles?
¡Resplandeciendo como rayos de sol
entre las ramas de sauces verdes
cabalgan los jóvenes gallardos!
Uno de los caballos relincha alegre
y duda y vuela,
sobre flores y hierba pasan los cascos,
como una tempestad
pisando los pétalos caídos.
¡Ah, cómo ondulan sus crines
y humean sus ollares!

El sol dorado brilla sobre sus cuerpos
y los refleja en el agua clara.
Y la más bella entre las muchachas l
e sigue con una mirada de deseo.
Su orgullo no es más que fachada:
en la chispa de sus grandes ojos,
en la oscuridad de su ardiente mirada,
vibra aún la quejosa agitación
de su corazón.

 

El borracho en primavera

Si la vida no es más que sueño,
¿por qué tanta fatiga y pena?
¡Bebo a más no poder
el día entero!

Y cuando no puedo más,
cuerpo y alma colmados,
voy vacilando hasta mi puerta
¡y duermo maravillosamente!

¿Qué es lo que oigo despertar?
¡Oid! Un pájaro canta en el árbol.
Le pregunto si ha llegado ya
la primavera, me parece un sueño.

¡El pájaro gorjea, sí!
¡La primavera llegó durante la noche!
Lo escucho con gran atención,
¡el pájaro canta y ríe!

Vuelvo a llenar mi vaso
y lo apuro hasta la última gota
y canto hasta que la luna resplandece
en el negro firmamento.

Y cuando ya no puedo cantar
vuelvo a dormir.
¿Qué tengo que ver con la primavera?
¡Dejadme estar ebrio!

 

El adiós

El sol desaparece tras las montañas,
en cada valle cae la tarde
con sus sombras llenas de frescor.
¡Oh mirad! Como un barco de plata
flota la luna en el mar azul del cielo.
¡Siento el soplo de una sutil brisa
detrás de los pinos sombríos!

El arroyo canta armonioso
en la oscuridad.
En el crepúsculo las flores palidecen.

La tierra respira el silencio y el sueño.
Todos los deseos aspiran al sueño,
los hombres cansados vuelven a casa,
para volver a aprender
en la felicidad y juventud olvidadas.
Los pájaros se acurrucan en las ramas.
El mundo se duerme

Sopla viento a la sombra de los pinos.
Estoy aquí a la espera de mis amigos;
les espero para un último adiós.
Deseo gozar a tu lado, amigo,
de la belleza de esta tarde.
¿Dónde estás?
¡Me dejas tanto tiempo solo!
Vago de una parte a otra con mi laúd,
por los caminos plenos
de tierna hierba. ¡Oh belleza!
¡Oh mundo ebrio
de eterno amor y vida!

Bajó del caballo
y le dio la copa del adiós.
Le preguntó adónde iba
y por qué había de ser así.
Habló, tenía la voz velada:
Amigo mío, en esta tierra,
¡la suerte no me fue favorable!

¿Adónde voy?
Vago por los montes.
Mi corazón solitario busca la paz.

¡Vuelvo hacia mi patria, mi morada!
No habrá más horizontes lejanos.
Mi corazón tranquilo espera su hora.

¡De nuevo la tierra amada
florece y reverdece
por todas partes en primavera,

¡Por todas partes y eternamente
brillan luces azules en el horizonte!

Eternamente… eternamente…


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